Ben & Jerry’s le pone precio al carbono

El Acuerdo de París ha logrado lo que muchos intenciones del pasado fallaron en crear; un acuerdo internacional que limita nuestro impacto en la concentración de Gases de Efecto Invernadeo (GEI) en la atmósfera. 

Seguido de este gran hito en la historia de lucha contra el cambio climático, grandes corporaciones multinacionales han entendido los retos que trae una futura descarbonización de la economía y aceptan su papel en este proceso de transformación, asumiendo que el liderazgo dentro de la industria es indispensable. Considerando las reducciones que son necesarias en el sector productivo, basadas por completo en parámetros científicos, más de 150 empresas de gran alcance han firmado un compromiso de limitar sus emisiones y trabajar de forma continua en la reducción de las mismas. 

De estas empresas comprometidas, 13 han entregado sus metas de reducción para ser valoradas y la sumatoria de las reducciones alcanza más de 870 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, lo que representa aproximadamente la generación de unas 250 plantas energéticas en un año.

Alineado a esta nueva visión, la empresa de helados Ben & Jerry’s ha creado un impuesto interno al carbono de $10 por tonelada. Básicamente, el concepto permite cuantificar la externalidad económica ambiental que los GEI generan, agregando una presión importante a la carrera por neutralizar las emisiones en su operación y generando una fuente clara de recursos para invertir a lo interno en la reducción de su huella. Esta estrategia, que muchas empresas internacionales están empezando a adoptar, demuestra un compromiso real y pretende adelantarse a la curva de aprendizaje que el mercado en su totalidad debe transitar, mientras se gana la delantera a posibles regulaciones federales y estatales en EEUU. 

Ben & Jerry’s, que ha demostrado ser un ejemplo en la inversión social y ambiental, basa su estrategia de negocio en el concepto de consciencia que está cambiando por completo al capitalismo como lo conocemos, ya que demuestra que en la nueva era de los negocios del Siglo XXI, las empresas deben aportar un valor compartido con su entorno, o como lo comunican ellos “prosperidad ligada”. No se trata de reducir el impacto negativo que las empresas traen al entorno, como nos ha enseñado la RSE hasta hoy, sino de producir un impacto positivo relevante, que trae un efecto “boomerang” hacia la empresa en cuanto al alineamiento que se genera con los valores del consumidor. 


Sebastian Falla